jueves, 2 de enero de 2014

El debate sobre la Dirección Regional de Cultura en Chillán

Justo Pastor Mellado
Curador de arte, critico, Director Parque Cultural Valparaíso (31-Dic-2013)

Hace unas semanas, después de la convención local de cultura organizada por Red Cultura de Chillán, nos reunimos varios de los participantes en un asado que tuvo lugar en una casa emblemática de la reconstrucción del terremoto del 39. Ya llevo años viajando a Chillán y he seguido de cerca la rehabilitación de los murales en la Escuela México. Esta escuela tiene un diseño arquitectónico que la asemeja a las modernistas propuestas del sistema educativo de Ciudad de México en la década del treinta. Eso hace que la oferta de la escuela como marca de fraternidad binacional es un acto marcante en la arquitectura local. Las casas de la calle Martín Rucker son un ejemplo de ese mismo impulso de arquitectura moderna de provincia. Luego vendrá el Plan Chillán, la primera operación de intervención cultural y productiva que, con la ayuda del “imperialismo americano”, se proponía fortalecer la modernidad local, con garantía universitaria. Pero estamos hablando de los años sesenta. De cuando lo universitario significaba Algo en la definición de las coordenadas de la cultura local. 

Vamos a la actualidad: se ha puesto en debate el tema de la localización y procedencia de la dirección regional de cultura en la Octava región. Ya hay muchos candidatos, tanto visibles como tapados que buscan recuperar el tiempo perdido. Es normal. Y no es bueno andar haciendo propuestas en frío, cuando el objeto de deseo es tratado en espacios conspirativos calientes, aunque de segundo orden. Porque, convengamos, cultura siempre será de segundo orden, en relación a la densidad partidaria. Siempre, Cultura proporciona cargos de compensación. 

Aún así, moviliza las pasiones locales y eso es muy bueno para despejar algunas trabas simbólicas y echarle a perder las expectativas distributivas de unos cuantos. En la convención de cultura el punto fue planteado sin abreviaturas: se trata de promover la tesis de que el próximo director regional de cultura de la Octava región provenga de Chillán y que la dirección sea ejercida directamente desde esta ciudad. De Chillán a la Octava región, por decir. 


A estas alturas, los argumentos de precedencia y soberanía proteccionista no tienen mucho sentido. En el asado, una poetisa chillaneja América Valdés me hizo el relato de la suspensión cívica de Chillán. No fueron esas las palabras. Sin embargo, lo que me informó adquiere una proyección estructurante, ya que mencionó el hecho de que la Corona, cansada de los ataques de los indígenas y no pudiendo defender la plaza como era debido, habría resuelto trasladar a la población, una parte hacia Talca y la otra a Concepción, hasta que hubiera condiciones institucionales de regreso. Lo cual habría sido posible después de una década. De modo que el traslado jurisdiccional es un tema simbólico que perturba a Chillán, en la medida que son estas dos ciudades mencionadas las que pretenden garantizar -desde fuera- la gobernabilidad cultural chillaneja. 

En nuestro debate, el tema de los ríos resultó fundamental. El Valle Central se termina en el Itata. Chillán debe mirar hacia Talca, entendida como ciudad-valle-central. 

Este es un concepto que ha elaborado la escuela de arquitectura de la Universidad de Talca y que en esta discusión tiene una importancia capital, ya que permite pensar un tipo de urbanización expandida en un territorio de “entre ríos”; por ejemplo, entre el Maipo y el Itata, como una zona de unas condiciones culturales de relativa homogeneidad oligarca. De eso, la novela de Eduardo Barrios, Gran señor y rajadiablos, nos proporciona una hipótesis de ordenamiento territorial que resulta ser más eficaz que las ensoñaciones de la sociología rural. 

Pero lo anterior conduce a pensar en las complicidades culturales que pudieran existir en otro complejo, formado por un eje que va desde Concepción a Temuco. Pero esto no es más que una hipótesis para la re/configuración de identidades locales fuertemente ancladas en la literatura y que debieran modificar el peso que tiene la noción de “modelo de gestión”. Al menos, gestión de poesía, si pensamos en el Neruda que se aloja en el hotel donde también se había alojado Gabriela Mistral. 

Sin embargo, entre Los Angeles y Temuco se acomoda la mirada de Marta Brunet, con sus relatos de antiguos bandidos convertidos en policías al servicio del Orden de las Familias; antecedente simbólico de Lonquén, concretado en el Memorial de Lautaro. Sin dejar de considerar el argumento sobre las determinaciones del secano-costero en la construcción de imaginarios locales, promovido por el encuentro de cultura que en Concepción organizara hace unos años Moira Délano. Este secano-costero se levantaba, también, en contra de la dominante obrerista que subordinaba a San Rosendo a la memoria ferroviaria (termodinámica). 

La gestión regional desde Concepción ha privilegiado las ensoñaciones modernizantes de la élite penquista por sobre los deseos del resto de las élites subordinadas. Es el momento que los subalternos de las culturas regionales hagan sentir su voz para que la disputa distributiva sea un reflejo eqitativo del estado de los imaginarios locales. 

El problema -en el trabajo cultural- no es tanto de gestión, como de la ficción que la sostiene. Lo que hay que preguntar es en qué consiste la ficción chillaneja justificada en la necesidad de ejercer la dirección regional del CNCA. 

El hecho es que Chillán-ciudad-límite debe ajustar su poder de figuración, para así poder reclamar el emplazamiento que permita terminar con la hegemonía del inconsciente carbonífero en las construcciones zonales imaginarias. Y de este modo pensarse como una zona fronteriza, de máxima fricción, en la que se debe negociar el manejo ideológico de una figuración compleja, con los inconscientes agrarios de unas zonas ya delimitadas por las narrativas de Andrés Gallardo (La nueva provincia) y de Alfonso Calderón (Toca esa rumba don Azpiazu).

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